SAN JERÓNIMO de Murillo del Museo del Prado en el Museo Lázaro Galdiano

Cedido temporalmente por el Museo del Prado

Bartolomé Esteban Murillo San Jerónimo (ca. 1650)

Ya puedes disfrutar, en la sala 10 del Museo Lázaro Galdiano, del San Jerónimo (ca. 1650) de Bartolomé Esteban Murillo. Obra prestada temporalmente por el Museo del Prado.

"Este lastimero pero conmovedor San Jerónimo penitente se constituye en la obra maestra que mejor representa la admiración y regocijo del joven Murillo a los pinceles del gran pintor José de Ribera." (Fuente: www.museodelprado.es)
  • Hasta febrero de 2022
  • De martes a domingo, de 9:30 a 15 horas
  • Sala 10 del Museo Lázaro Galdiano
  • Calle Serrano 122 (Madrid)
  • Precio: Incluida con la entrada al Museo.

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Ficha técnica de la obra en www.museodelprado.es

  • Nº CATÁLOGO: P000987
  • AUTOR: Murillo, Bartolomé Esteban
  • TÍTULO: San Jerónimo
  • TÉCNICA: Óleo
  • SOPORTE: Lienzo
  • DATACIÓN: Hacia 1650
  • MEDIDAS: Alto: 187 cm.; Ancho: 133 cm.; Alto del marco: 215,3 cm.; Ancho del marco: 158,5 cm.
  • ESCUELA: Española
  • PROCEDENCIA: Colección Real

DESCRIPCIÓN: San Jerónimo medita ante un crucifijo en la soledad de su retiro. A su alrededor se despliega una amplia variedad de objetos que hacen alusión a diferentes facetas de su vida. Los libros, papeles y recados de escribir remiten a su gran actividad intelectual; la calavera a sus penitencias y el sombrero encarnado a su dignidad cardenalicia. Este lastimero pero conmovedor San Jerónimo penitente se constituye en la obra maestra que mejor representa la admiración y regocijo del joven Murillo a los pinceles del gran pintor José de Ribera. En efecto, la autoría de esta obra ha sido tradicionalmente muy discutida por la crítica especializada, a la vista de la portentosa ejecución en detalles tan excelsos como el tratamiento de la naturaleza muerta –los libros, el crucifijo, la pluma, la calavera-, el rostro arrugado y las manos curtidas del santo. Asimismo –como veremos- está íntimamente relacionada con las representaciones de santos penitentes de Ribera, y en concreto con el San Pedro arrepentido de la Colegiata de Osuna, que Murillo muy probablemente pudo haber visto. Curtis en 1883 fue el primero en atribuir el San Jerónimo a Murillo, adscribiéndolo a su segunda manera; luego Mayer hará lo mismo entre 1936 y 1940, admitiendo la influencia de Ribera; finalmente lo hará Angulo, en 1981, con ciertas reservas. De cuerpo entero, Murillo presenta la figura de San Jerónimo arrodillado, en actitud de recogimiento, con las manos juntas mientras contempla el crucifijo que yace sobre un roquedo. El ambiente lúgubre y tenebrista del cobijo, ayudado por un potente haz de luz procedente del exterior del cuadro, hacen la figura más potente y escultural. La intensidad del rostro del santo, concentrado en oración, y los objetos de escritorio, desparramados en dos niveles, evidencian la capacidad del artista para pintar al natural. Al fondo, en la embocadura de la gruta, se puede adivinar un sobrio celaje, desprovisto de todo exorno paisajístico que pueda distraer nuestra atención. Hoy en día, despejadas las dudas sobre su atribución, se puede reafirmar con palabras de Pérez Sánchez que este San Jerónimo es un auténtico homenaje del pintor sevillano al mejor arte del “spagnoletto”. Palomino, a propósito de la biografía de Velázquez, ofrece información acerca del cauce por el que el joven Murillo pudo llegar a contemplar en Sevilla obras del pintor valenciano: “Traían de Italia a Sevilla, algunas pinturas […] eran de aquellos artífices que en aquella edad florecían: un Pomarancio, Caballero Ballioni, el Lanfranco, Ribera, Guido y otros”. Años antes, Francisco Pacheco, en su ''Arte de la pintura'', refiriéndose a las virtudes de la pintura caravaggista afirma: “Así lo hacía Micael Angelo Caravacho […] así lo hace Jusepe de Ribera, pues su figuras y cabezas entre todas las grandes pinturas que tiene el Duque de Alcalá parecen vivas…”. En esta reflexión, el tratadista sevillano apunta a la magnífica colección de pintura italiana de Don Fernando Enríquez de Afán de Ribera, tercer duque de Alcalá, virrey de Nápoles y Sicilia y gran mecenas del pintor de Játiva. En el inventario de Alcalá, figuran, entre otras obras, el famoso retrato de Magdalena Ventura y de una serie de filósofos, posibles copias de la famosa serie de los Sentidos, pintada en Roma hacia 1615 para el español Pedro Cosida. Asimismo, don Pedro Téllez Girón, tercer duque de Osuna, y su esposa fueron protegidos de Ribera. Muestra de ello son los diez cuadros del pintor donados a la Colegiata de Osuna en 1627. Por otro lado, son bien elocuentes las palabras que aparecen en el inventario de los bienes del comerciante flamenco Nicolás de Omazur, gran amigo y protector de Murillo, para entender hasta qué punto la obra de ambos artistas era semejante: “Yten dos liensos el uno de Sn Pedro Penitente, y el otro de Santa María Magdalena también penitente… que el dho lienso de la Magdalena es orijinal del dho Murillo y el de Sn Pedro se esta en duda si es de Españoleto”. En este contexto, no podemos olvidar el decisivo impacto que tuvieron estas obras de componente caravaggiesco-riberesco en los pintores sevillanos del primer tercio del siglo XVII. Primero Velázquez, Cano y Pacheco, luego Zurbarán y Francisco Herrera el Viejo, todos acusaron en este orden el influjo naturalista, pero será este último quien más influirá en el joven Murillo, sobre todo a partir de 1650. No obstante, y como ejemplo de las fuentes visuales de Murillo, no está de más señalar la cercana dependencia que hay entre la figura de San Jerónimo y la estampa del mismo asunto del pintor y grabador genovés Bartolomeo Biscaino (1629-1657). Recordemos lo aficionado que era nuestro Murillo a transmitir ese espíritu amable y delicado que le proporcionaban ciertas estampas italianas y flamencas, lejos de ese otro pietismo, frío y distante, visto en los santos ermitaños de Ribera. Este San Jerónimo podría ser el que Ceán menciona en su ''Diccionario histórico'' al referirse a los dos cuadros comprados por Carlos IV en Sevilla (quizás el adquirido por Carlos IV en Sevilla, juntamente con una ''Inmaculada'' de análogas dimensiones (P972), y que más tarde aparecen documentados en el inventario del Palacio Real de 1814. Nada sabemos sobre su procedencia anterior, aunque no sería descabellado pensar que, en su origen, formara parte junto a una de las Magdalenas penitentes u otro santo en esa misma actitud, práctica harto frecuente en este momento. (J. L. R. BL: en Catálogo de la Exposición “El joven Murillo”, 2010). Catálogos Museo del Prado: 1910-1996, nº 987.

Fuente: www.museodelprado.es

Negritas del Museo Lázaro Galdiano.

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